El tratamiento de la muerte en el cine no es temática que pueda ser analizada desde un punto de vista en que aquella aparezca como una simple expresión material para poder aprehender su sentido. Es por esto que es necesario ir más allá de una simple apreciación estilística e indagar un poco sobre la tradición que hay tras la representación de la muerte, la cosmovisión que determina el concepto.
Históricamente las civilizaciones oriental y occidental han seguido caminos bien disímiles que han creado cosmovisiones tan contrarias que las ideas sobre la creación, la vida, la muerte, etc. que de ellas se desprenden se manifiestan de forma claramente particular en todos los casos. Y para poder comprender en su totalidad estas manifestaciones habría que hacer un análisis exhaustivo del desarrollo de las ideas a lo largo de la historia, sin embargo esto nos llevaría por caminos demasiado lejanos al que persigo en el presente texto. Es por esto que a partir de cosmovisiones particulares, sólo me referiré acerca del concepto pertinente, enfocándome sobre su expresión cinematográfica.
Las diferencias profundas que rondan respecto de las concepciones de la muerte entre el cine de oriente y el cine de occidente se condicen con las diferentes cosmovisiones, como veremos a continuación en un parangón entre dos ejemplos paradigmáticos. Por un lado veremos la fatalidad en ‘Gritos y susurros’ (Viskningar och rop) de Ingmar Bergman y por otro, la trascendencia en ‘Muñecas’ (Dolls) de Takeshi Kitano.
‘Gritos y susurros’ (1972) es un film “de cámara” (es decir, con mínimos decorados, pocos personajes, conflictos dramáticos, austeridad de forma) en el que vemos la presencia de la muerte mucho más cercana y sensible que en “El séptimo sello”. Sin embargo, esta cercanía y sensibilidad con la muerte es tal como su cercanía presente irrevocablemente en la propia existencia. Es decir no es una relación afectiva con quien la sufre, sino que es con uno mismo. La hermana moribunda no produce la cercanía por parte de las otras dos hermanas, sino que éstas se ven enfrentadas al destino impuesto y contra el cual no se puede luchar. Frente a este destino, ante la inexorabilidad de la muerte, se produce un algo que va más allá que un estado anímico, es una enfermedad del alma, como diría Artaud:
“Una enfermedad que afecta al alma en su más profunda realidad y que infecta sus manifestaciones. El veneno del ser, una verdadera parálisis. Una enfermedad que nos quita la palabra, el recuerdo, que nos desarraiga del pensamiento.”1
Semejante enfermedad es lo que también en Kierkegaard es “la desesperación y la angustia”. Es un estado de tensión interior que se produce al oponer el yo y su destrucción, sin embargo frente a la cual no se puede hacer más. Es un “entregarse de mala gana”, una oposición pasiva que introduce el veneno que mata al ser, mucho antes de la muerte física.
Será esta visión de la muerte en Occidente resultado de un proceso en que se ha disociado, de alguna forma, lo material y lo espiritual. Una realidad donde la muerte crea un quiebre, donde rompe con el ser. El ser se ve subyugado ante la inminencia de su propia destrucción, tras la cual sólo existe la nada y la única vía que encuentra para revalidarse a sí mismo es una búsqueda interior que cae en el vacío, pues la muerte sigue latente y más potente aún frente a la pequeñez del individuo.
Como el individuo tiende a revalidarse como tal frente a aquella gran potencia, se ve aislado. Aislado de mundo exterior con el cual se suponen lazos. En ‘Gritos y susurros’ vemos esta destrucción de los lazos frente a la muerte, aunque no sea propia, con respecto a las hermanas (María y Karin). Especial atención también debemos poner en la relación de la hermana moribunda (Agnes) con la sirvienta (Anna). O, más bien, de ésta con aquélla. Sin embargo, parece no ser una relación de afecto tal como es producto de la muerte de la hija de Anna y, por ende, ésta tiende a la búsqueda de revalidación propia en la ayuda de una moribunda y luego muerta.
En el caso de ‘Muñecas’, como paradigma oriental de la concepción de muerte, vemos una cosmovisión muy contrapuesta, sin embargo no en el sentido material de muerte. En este sentido la muerte también es irremediable, también es superior a la existencia misma. Sin embargo, la diferencia radica en actitud del ser frente a esta.
En la historia de ‘Muñecas’ vemos una relación muy cercana con el tradicional Bushido (código del guerrero samurai) y principalmente con el término de seppuku (más comúnmente llamado hara-kiri, “corte del vientre”).
El suicidio ritual (seppuku), o una variación de éste, lo vemos en la pareja principal, que a lo largo de la película vaga atada por una cuerda roja. La determinación del suicidio en la secuencia final (lanzándose al vacío) por parte del hombre es acompañada por su mujer. Esta compañía también pertenece al bushido y se llama oibara. El oibara implica un suicidio ritual en el que el sirviente acompaña a su amo.
Este tipo de suicidios nos refleja un tipo de muy distinto de concepto al de occidente. Aquí el hombre se somete a su destino, sin embargo no en oposición. Es un sometimiento positivo que tiende a la trascendencia y que no crea angustia. De alguna forma el suicidio ritual y/o la muerte se asume como el fin de un ciclo y el paso a esa trascendencia espiritual.
Las otras muertes de la película (la del fan y la del jefe yakuza) nos lleva a la misma concepción. Tomando en cuenta de que la pareja que deambula a lo largo del film en un período establecido, cíclico, que pasa por todas las estaciones del año, terminando en invierno; vemos que la vida, y el fin de ella, pertenecen a un ciclo que tiene un fin, el cual es asumido con honor por el sujeto. La muerte llega luego del reconocimiento final con el otro y con uno mismo, como en el caso de la pareja principal se reconoce mutuamente antes del suicidio, o el del fan ciego en que hay un reconocimiento con su ídolo antes del accidente, o el jefe yakuza en que hay un reconocimiento antes de que lo asesinen.
Es una diferencia sustancial con respecto a Occidente, ya que en Oriente la muerte, tanto como la vida, se asume con total normalidad e, incluso, se busca con ese deseo de honor, trascendencia, lo que a la vez lleva a una completitud del ser. En Occidente, en cambio, la muerte destruye al ser que en su lucha por preservación sólo tiende a la angustia. En ambos hay un sometimiento frente a la muerte, sin embargo es el forma de enfrentarla es lo que marca sus profundas diferencias.
Nota:
1 Artaud, Antonin, Correspondencia con Jaques Riviere en “Carta a la Vidente”, Tusquets Editores, Barcelona 1983, p.29.

