28/5/08

La Nueva Carne y David Cronenberg

La nueva carne es una estética desarrollada en los últimos años y, principalmente, a través del cine por las posibilidades de sus recursos representativos y su efectividad sobre el público. De esta estética surgen muchos exponentes, dentro de los cuales resalta la figura del director David Cronenberg. No es azaroso el hecho de que nombre particularmente este director, que ha sido calificado incluso como “profeta” de la mencionada corriente estética, pues será muy importante para el desarrollo de las siguientes líneas.

Para empezar, ¿qué es la nueva carne? Me he encontrado en la imposibilidad de encontrar una definición que sea suficiente para recoger en su totalidad lo que refiere a las manifestaciones creativas y filosóficas que en los últimos veinte años han transformado el cuerpo humano en un nuevo ser monstruoso, el cual, de forma sumamente gráfica, expresa terrores que desde siempre yacen en el alma humana. El terror a la transgresión de las fronteras del cuerpo, por ejemplo. Superada la mórbida fascinación victoriana por la carne deforme e hinchada de los freaks, que se exhibían de feria en feria ante los ojos de un público aún marcado por el puritanismo religioso, la nueva carne se instituye como una monstruosidad que reniega del folclore y de la mitología, de la moralidad y de la lógica. La nueva carne, manifestándose de las pinturas de H.R. Giger (famoso por diseñar la criatura de ALIEN), las fotografías de Joel-Peter Witkin, en las películas de David Cronenberg o en los cuentos de Clive Barker, hace que el infierno sea algo físico, no imaginado. Así es como uno de los principales alcances de la nueva carne se debe a su habilidad para crear monstruosidades creíbles y tangibles. Ninguna sensibilidad artística anterior se ha arriesgado tanto en el camino de la realidad grotesca. Por lo tanto, resulta difícil precisar hasta qué punto la realidad y la fantasía se confunden. El terror corporal en la nueva carne es un efecto de sentido que es atravesado por conceptos y perceptos, y esto lo podemos ver en toda la producción de Cronenberg.

A lo largo de la producción fílmica de Cronenberg podemos apreciar un personaje central, en la forma de un “héroe contemporáneo”, que lucha por mantener o rehacer su identidad. Sin embargo, este personaje no es tal que podamos decir que pertenece a una saga, sino que es que es una idea de sujeto, sobre su individualidad, su lugar en la sociedad, sus conflictos personales. Este personaje se ve obligado a reinventarse a sí mismo para seguir viviendo, aunque nada ni nadie garantiza que el nuevo yo se parezca al anterior o que continúe siquiera con vida.

Este proceso de reinvención psicológica tiende a desplegarse en tres fases: un cambio de una (relativa, tal vez) “normalidad” inicial, un proceso de transformación que puede ser rápido y un intento de readaptación con final incierto y tal vez trágico. El cambio acostumbra a estar producido o acelerado por factores tecnológicos (cirugía, psicoterapia, escritura, fármacos, drogas, automóviles, dispositivos audiovisuales e informáticos...). Esta transformación consiste en un proceso que normalmente potencia algunas capacidades físicas o psíquicas del sujeto a costa de debilitar o anular otras. La nueva carne es una configuración psicosomática producida por algún tipo de transformación tecnológica y capaz de desempeñar nuevas funciones vitales (no necesariamente positivas). La idea de tecnología debe tomarse aquí en un sentido muy amplio, referida a cualquier clase de instrumento, no siempre material, del que se vale el sujeto para transformarse a sí mismo, aunque esta transformación no tiene por qué ser intencionada. La nueva carne surge en una sociedad donde la identidad subjetiva se ve sometida a las vicisitudes de una precariedad laboral y una crisis cultural que perforan el cuerpo y la mente.Lo que algunos pueden ver como obscenas agresiones al cuerpo son vistas por otros como consecuencia del intento por preservar y controlar la identidad subjetiva, un control exige una constante exploración de nuevos límites: los límites del cuerpo y de la conciencia.

La carne no es un trozo de masa inanimada, como un pedazo de plástico o de cuerpo muerto. Aquella forma parte de un cuerpo con vida y, por lo tanto, ligado a un sujeto, es decir, a una actividad psicológica que se sirve de ella y que, a la vez, experimenta con sus límites. No hay que olvidar que la nueva carne va imprescindiblemente ligada a una nueva configuración psicológica. Igualmente, la aparición de la nueva carne implica una transformación de la personalidad, que pasa a estar supeditada a los instintos sexuales o violentos. En otros casos la personalidad del sujeto se ve potenciada por un aumento de la autoestima, aunque en otras ocasiones son más bien el recelo y la preocupación las características de su forma de actuar a raíz del cambio sufrido. El sujeto de Cronenberg es ante todo un sujeto corpóreo, una unidad psicosomática que vive y actúa dentro de una sociedad que le otorga instrumentos (tecnología) para transformarse a sí mismo y seguir viviendo.

Es así como el sujeto en su transformación se produce una nueva relación corporal que no es rechazada, sino por el contrario, absorbida para crear un nuevo sujeto. Es una especie de “matrimonio” entre metal y carne delinean el campo semántico del terror corporal, las preocupaciones por la inhumanidad resultantes del desarrollo tecnológico que fuera de nuestro alcance ya de nuestras están presentes en la producción del director canadiense. Aquí las pesadillas postindustriales nos presentan cuerpos mutilados y sodomizados en rituales no carentes de erotismo. Estamos frente no sólo a paranoias apocalípticas, sino que también frente a una experimentación sexual no humana, algo así como un fetichismo en la seducción del metal, la máquina como otro, el otro yo.

En la obra de Cronenberg encontramos presente un carácter de lo abyecto, que estaría ligado mucho más a la máquina que al animal, o en otras palabras, a una especie de “animalización de lo maquínico”, dándole a lo tecnológico una significación relativa a lo sexual y a la violencia, como en sociedades primitivas sucedía con la animalidad. Es decir, existiría una suplantación de la animalidad por parte de lo “maquínico” en la contemporaneidad, con lo cual lo maquínico no produciría rechazo, sino que fascinación. La abyección de lo “maquínico” atraviesa como un fantasma su obra cinematográfica, la destrucción de la subjetividad y el nacimiento de una experiencia interior extraña relacionada a una creciente desaparición del cuerpo. Y correspondientemente, la subjetividad se transforma en una parte de la máquina que desea. Las conexiones van más allá de la relación mente-cuerpo, la que es reemplazada por la que se crea sobre el eje subjetividad-máquina, donde los logros del deseo conectan al sujeto a lo inorgánico.

Crash (1996) se introduce por los territorios de una sexualidad más allá de los límites del cuerpo. Los personajes van recreando su propia existencia, a través de encuentros sexuales, coches conducidos a velocidad de vértigo y, por supuesto, choques. Choques no sólo automovilísticos sino también sexuales. Sexo que abre de par en par las puertas de una “sexualidad maquínica”, donde la velocidad de los cuerpos no produce el accidente fatal, un caso extremo de erotismo, sino el accidente erótico. El accidente como hecho, devenir otro en la mezcla maquínica de la carne y la prótesis, exploraciones sexuales en el interior de lo tecnológico representado por el automóvil, la velocidad aumenta la distancia con el territorio real y reenvía a la subjetividad a un encuentro con el otro. El automóvil no actúa sólo como línea de una subjetividad que se proyecta en los objetos, sino también como una reconfiguración de la subjetividad, la cual transgrede los límites de la velocidad y del sexo simultáneamente. Los accidentes modifican la carne, las prótesis la erotizan, las cicatrices parecen convertirse, junto a éstas, en las verdaderas zonas erógenas de cuerpos que cargan con la violencia de la velocidad y de la sexualidad. Una sexualidad proteica y polimorfa donde la corporalidad es la escena por excelencia de una transgresión que se desliza entre los metales retorcidos y el erotismo maquínico.

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